24 de abril de 2011

EL AMOR EN TIEMPOS DE CHERNOBYL






El amor en tiempos de Chernobyl


¿Recuerdas Chernobyl?
Abril de 1986:
la primavera deja en la tarde
su huella de polen metalizado
y el cielo tiene el mismo tacto
que unos hombros de cristal
a punto de secarse al sol.
Lejos,
la temperatura sube en el Reactor Número Cuatro de Chernobyl,
se prepara el fuego, se acerca la explosión:
el vapor turbio circula enloquecido por las tuberías,
por los conductos ya cercanos al copalso:
igual que un terremoto concentrado.
Mientras tanto, en el parque,
tu madre te cogía de los brazos
tratando de enseñarte a andar.
Pero éramos demasiado jóvenes,
apenas unos niños:
flotábamos en el limbo de la primera infancia,
y aunque entonces aún no nos conocíamos,
te recuerdo así feliz durante varios años:
la exagerada y natural sonrisa de tus fotografías,
tu alegría feroz e invulnerable (su onda expansiva),
las noches de verano jugando bajo las estrellas
-que si te paras a pensarlo son algo parecido a Chernobyl:
Hidrógeno y Helio reaccionando en lo remoto,
dejándonos la luz extinta de su combustión-
tus días de salvaje agotamiento,
de mañanas durmiendo hasta las doce,
sin saber de la catástrofe.
Y tal vez te preguntes
a qué vienen Chernobyl ahora y el pasado,
cuando esta herrumbre y el cansancio
nos dejan en el pecho
todo el peso de las profundidades abisales:
peces ciegos y deformes
nadando en lo negro de nuestro corazón.
Porque ya no nos quedan
-y eso tú lo sabes bien-
más que las tazas de té vacías
-con polvo en lugar de carmín
acumulándose en sus bordes-,
el viento frío que sopla en los pasillos,
la penumbra violeta de esa hora
en que en tu salón se sientan a llorar en silencio
-insomnes y frágiles-
dos fantasmas borrosamente parecidos a nosotros mismos.
A qué Chernobyl si todo esto,
me preguntas: por qué Chernobyl ahora
si las columnas del ánimo apenas se sostienen.
Puede que tengas razón,
nosotros no vivimos Chernobyl
(nos tocó el veloz desplome de las Torres Gemelas),
jugábamos en el suelo, ajenos,
mientras nuestros padres asistían
al nacimiento de unas ruinas.
Pero habrás visto las imágenes:
los muros derretidos de la Central,
el sarcófago de cemento sobre el Reactor Número Cuatro
(a veces noto cómo a mí también me sepulta),
la invisible nube tóxica extendiéndose por Europa
(¿llegará a Roma?, ¿tocarán París las mandíbulas de la radiación?),
la gente observando el fuego desde el puente
(incubando la muerte, dándose al cáncer),
las pastillas de yodo, las máscaras antigás,
el traje blanco y espectral de los operarios,
el guante naranja de las sirenas,
las calles, los edificios cada vez más desiertos,
el estrago de una lluvia nuclear.
No dejo de pensar que aquellos días
las radiaciones de Chernobyl
nos llegaron a través de la televisión,
se adhirieron a nosotros como un tatuaje radiactivo,
su veneno nos traspasó la carne
-¿acaso no notas en la noche alta
un arañazo helado en los pulmones?-,
y ahora su cáncer nos come,
la enfermedad amarillea nuestra piel,
vuelve el iris en densa arenisca.
Supongo que comprenderás ahora
por qué Chernobyl y todo esto,
sabrás por fin que el dardo latente de sus radiaciones,
nos ha convertido en náufragos de cera deshecha,
mutantes que no saben dónde van,
seres desesperados,
imposibles para el amor.



Ginés Torres Salinas- España



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El joven escritor accitano, Ginés Torres Salinas, ha publicado en Córdoba y en colaboración con la Junta de Andalucía, un nuevo libro, el primero de poemas, titulado “El amor en tiempos de Chernobyl”.

Ginés Torres nació en Guadix en el año 1981. Es Diplomado en Ciencias de la Educación y, actualmente, ultima sus estudios de Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Ha sido premio Federico García Lorca para estudiantes universitarios de la Universidad de Granada en su modalidad de narrativa por el libro Historia oculta de la literatura universal, publicado en 2006 por la Universidad de Granada.



Ginés Torres Salinas

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