26 de febrero de 2012

EL BOMBERO




El bombero


Los vespertinos de hoy divulgan con rapidez la muerte del bombero
Joâo Cristóvâo da Silva acontecida durante el violento incendio de ayer.
Nunca más volveremos a verlo en su coche rojo
junto a las escaleras que subían hacia el cielo y hacia el fuego.


En Méier, alguien llorará al compañero muerto.


Él luchaba contra el fuego. Y amaba el peligro.
Salvó niños, y una fotografía lo sorprendió sobre un tejado
que se desplomaba.


Era el marinero del fuego.


En Méier, quedará la compañera
que Joâo Cristóvâo da Silva acariciaba con sus manos todavía calientes
de los innumerables incendios sofocados,
un tenedor retorcido sobre el silencio
y los periódicos donde se habla
de aquel a quien la muerte robó al anonimato ardiente de lo mágico.


Joâo Cristóvâo da Silva, la única víctima del impresionante incendio de ayer,
evitó que las rosas fuesen devueltas por el fuego a su presencia
en lo increado, trabajaba imparcialmente, salvando al mismo tiempo el piano
y la fruta, los archivos jurídicos y las mecedoras.
Purificado por el fuego y citado en el orden del día,
hoy él es tan solo una sustancia mineral.


De ahora en adelante, cuando haya incendios,
en el coche rojo de bomberos habrá un asiento vacío.


En memoria de ese profesional del fuego ayer desaparecido,
en una iglesia de Méier alguien se arrodillará
y le pedirá a Dios que libre al bombero
del otro fuego.




[La aldea de sal, Calambur, Madrid, 2009, 179 páginas.
Traducción de Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre]










Ledo Ivo- Brasil













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